El campanario

¿Por qué Sofía era tan diferente a las demás niñas? Ella, tan etérea como su voz angélica al interpretar las canciones sacras en la misa del domingo, no encajaba con nadie de su edad. Sus padres eligieron para la única hija una cuidada educación. En colegio de monjas, aprendiendo inglés, leyendo a Shakespeare en su propia lengua. No cultivó muchas amistades. Sus compañeras eran de otra clase de jóvenes. Llegadas a la religión por mandato de sus familias y no porque siquiera creyeran que el óvulo y el espermio se unen sólo si Dios así dispone.

Pero a Sofía no le importaba. Mientras estuviera en la iglesia le daban igual los comentarios malintencionados de las gentes. La mamá de Clarisa Fernández decía que esa chiquilla, más que amar al creador, tenía un pacto con el Diablo. Incluso afirmaba haberla visto andar de noche con velas en las manos, totalmente vestida de negro, subiendo al campanario. Pero tal como su bocona hija, la señora Fernández solía ver cosas donde no las había. Aunque la chica también era objeto de otras calumnias. ¿Cómo una niña tan bella no tenía pretendientes? No se le conocía novio. Llenaba su vida de oraciones y omitía las reuniones sociales. “Por supuesto”, vociferaban las lenguas maledicientes. “Si esta criatura se acuesta con el cura”. Los ojos de Sofía parecían una turbulenta laguna cuando escuchaba las infamias que de ella se decían. Pero como siempre en su vida, se refugiaba en el Ave María y su mirada volvía a la quietud.

A la niña le preocupaba mucho lo que sería de ella cuando completase sus estudios. Sentía que nada de lo aprendido con las severas religiosas le era útil. No demostraba talentos especiales, excepto para cantar en la eucaristía. Le fascinaban las partituras, el piano sin teclas, la maltrecha escalera que daba al campanario. Ella, tan buena en el sentido más piadoso de la palabra, tenía el privilegio de subir los mil peldaños para tocar el pesado hierro del carillón. Escuchar cómo sus pies hacían crujir la madera le causaba un placer místico. Para qué decir cuando estaba en ese pequeño espacio, a tantos metros sobre los demás. Asomaba su rostro viendo a las gentes que andaban por la plaza. A veces era más osada y mecía su cuerpo hacia delante. Como nadie sabía, tampoco le advertían del peligroso juego que mató una muchacha hace casi 90 años. Ella conocía la historia, porque alguna vez la oyó de boca de las monjas. Lucía era una niña muy devota, pero a la vez bastante extraña. Le apasionaban tanto los rezos como las fiestas. Subía a escondidas al campanario, hurtándole las llaves a su madre. Y en las alturas hacía cosas no muy pías. Por eso, los mismos difamadores de Sofía aseguran que bien merecida tuvo su muerte, porque profanó un lugar santo entregándose a quién sabe cuanto hombre en el campanario.

Pareciera como si todos hubieran hecho un pacto de silencio. En la iglesia no se hablaba del accidente. Los padres de Lucía murieron de viejos. Los demás no tocaban el tema. El único vestigio fue la malla de alambre que el tiempo y las manos de los niños terminaron por romper.

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